Gárgolas insomnes ...


Testimonios zapatistas
Las mujeres indígenas ante la presencia militar en Chiapas

Por Iván Rincón Espríu

Dispersos en el país para promover su reciente consulta nacional, algunos delegados zapatistas coincidieron con los entrevistados en sus propias comunidades, al explicar por qué les afecta en especial a las mujeres indígenas la ocupación militar de la Selva Lacandona, Los Altos de Chiapas y la llamada zona norte, principalmente.

El testimonio colectivo de la forma cotidiana en que se traduce para los campesinos la presencia militar en sus regiones, puede resumirse así:

"Ya estamos cansados de ver al ejército en los caminos, en los arroyos, en nuestros terrenos, cuando salimos a buscar algo qué comer ahí nos andan tapando, nos preguntan a dónde vamos, a qué hora regresamos, qué vamos a hacer y de dónde somos, si llevamos un poco de alimento a nuestra milpa nos preguntan en dónde lo vamos a dejar, al pasar por los retenes militares nos revisan y nos hacen preguntas, no podemos andar de noche porque nos detienen y todo nos preguntan otra vez, siendo que somos los dueños de nuestro lugar, somos chiapanecos y de todos modos tenemos que salir a trabajar, pero ahí nos andan chingando siempre".

En las comunidades zapatistas, "no tan fácil les faltan el respeto a las compañeras", como en las comunidades priistas, donde tanto casadas como solteras les venden cosas que compran en la cabecera municipal (cigarrillos y rastrillos, por ejemplo) y algunas también sus cuerpos a los militares, les hacen de comer, lavan sus ropas, y ellos, cuando no las prostituyen, engañan a las más jóvenes y las dejan con hijos, "les dicen que no tienen mujer, pero claro que tienen, porque a donde quiera los mandan como soldados, aunque sean casados; luego los cambean a otras partes y las mujeres ahí se quedan; a veces ellos les dicen que se trasladen a donde los manden, que por allá se van a encontrar, es la palabra que les dejan dicha, pero las chamacas no pueden llegar a donde ellos se van".

Las mujeres zapatistas, al no aceptar ninguna relación con los militares, son objeto de un constante hostigamiento y acoso, y tampoco pueden ver a las priistas que se involucran con ellos y les informan quiénes son zapatistas, incluso de otras comunidades, por considerar que tanto estas mujeres como las prostitutas "de las ciudades" son un mal ejemplo para sus hijos y que hasta hoy "el ejército sigue recabando información, porque mucha gente se le acerca y ya sabe pues en donde somos zapatistas y en dónde no".

En las comunidades que padecen la cercanía de un destacamento militar, dijeron las entrevistadas, "como mujeres nos levantamos a las cuatro o cinco de la mañana y ya vemos al ejército parado atrás de nuestra casa, como rondando, y cuando vamos por agua temprano ya está en el arroyo también", situación que las hace sentir acosadas; tampoco pueden bañarse libremente en los ríos sin que por lo menos las observen; "ya no puede una estar, ya no puede una salir, porque pasan los soldados y, cuando nos ven, se paran, nos hacen señas, nos chiflan y nos llaman, ahí andan violando a las chamacas y hasta a las señoras violan allá", denunció una delegada zapatista de la llamada zona norte.

En Tila, municipio fronterizo con el estado de Tabasco, en la zona chol, la comunidad de Limar es considerada como un bastión de los paramilitares priistas desde que instalaron ahí sus campamentos el ejército federal y la seguridad pública, con quienes los pobladores tienen ahora una relación conflictiva: según los testimonios zapatistas de esta región, en unos casos, "los hombres dejan solas a las mujeres en sus casas para que los soldados entren a dormirse con ellas"; en otros casos, los militares "dicen que van por alimento, pero de tanta confianza que tienen, empiezan el relajo de amistad y de ahí le faltan el respeto a las hijas y hasta a las mujeres de los campesinos, y si el hombre no quiere, pues con el arma lo asustan ¿y qué puede hacer pues?, ya no puede decir nada y ahí se humilla"; muchas mujeres ahora tienen hijos del ejército y de la seguridad pública, y por eso los hombres ya no quieren ahí a los uniformados, "pero qué le van a hacer, si ellos mismos los llamaron".

En el ejido San Quintín y Nueva Providencia, comunidades de la selva en el municipio de Ocosingo, aun siendo priistas, sus pobladores han entrado también en conflicto con los militares. En San Quintín, donde tiene lugar desde febrero de 1995 una gran base militar, los soldados, "para tener confianza con las mujeres, les ayudan en su trabajo y, cuando el marido sale, ahí van a platicar, les ofrecen dinero y como ellas no lo conocen, las van acostumbrando; también llegan muchas prostitutas y entonces las muchachas aprenden a ganar dinero como ellas; algunas han tenido hijos con los militares y ahí se quedaron", aunque otras se fueron a donde las tienen ellos ahora como sus esposas.

En un ambiente de cantinas, desde los trece o catorce años, las muchachas dejan de usar su indumentaria tzeltal y se arreglan de manera que atraiga la atención de los soldados, con quienes hasta principios del año pasado las mujeres del ejido habían tenido ya 17 hijos, como se sabía con precisión en otras comunidades.

En Nueva Providencia, en cambio, "tiene como un año que salió el ejército, porque un día llegó el marido, encontró a su mujer con el soldado y casi lo mata, lo quería machetear, se organizó la comunidad y sacó a los militares, pero ya habían chingado a muchas mujeres, pues varios niños ahora están naciendo sin ser hijos del marido y algunos hasta se divorcian por ver esas cosas; como ahí todos son priistas, ellos mismos llamaron al ejército, pero luego hubo el problema de que los militares destruyen a las familias".

Aunque algunos pobladores de San Quintín defienden todavía la presencia militar ahí, la mayoría ya no quiere tanto alcoholismo y drogadicción como ha llevado el ejército federal", porque todos los sábados y domingos en la noche son puros pleitos, cuando los jóvenes ya están borrachos y drogados, se pelean con garrotes, a pedradas y hay golpeados graves, peor si nos conocen como zapatistas cuando entramos"; esos jóvenes, "como se emborrachan y fuman marihuana, ya agarran sin miedo a las muchachas; antes las prostitutas se paseaban de noche por las calles con los militares, y los jóvenes querían chingar también, pero como no tienen dinero, se organizaban de diez a quince para golpear al soldado y quitarle a la mujer; ahora ya no hace así el ejército porque tiene miedo de que se encuentren en las calles, pero los jóvenes siguen chingando con las mujeres de la comunidad y las que llegan de las ciudades, porque ya agarraron el vicio y la maña de cómo chingarlas".

La prostitución que hace más de cuatro años comenzó a llevar el ejército federal a sus posiciones en la selva, principalmente, ahora llega también por cuenta propia y aumenta entre las mujeres de algunas comunidades que ven en este oficio, con el ejemplo de las que llegan a ejercerlo de otros lugares y la proposición de los soldados, una manera de superar su pobreza extrema; en las cañadas tzeltales, por ejemplo, sus pobladores calculan que hasta el momento se habrán hecho prostitutas unas cuatro muchachas de cada ejido o ranchería que tenga en común la cercanía de un destacamento militar, mientras que las "pintaditas", como llaman los indígenas a las prostitutas "de las ciudades", siguen llegando hasta las cañadas y el valle de San Quintín desde las propias cabeceras municipales y otros municipios de Chiapas o estados como Tabasco, Veracruz, Campeche y Yucatán.

Desde que se instalaron en febrero de 1995 los campamentos del ejército federal en Avellanal, El Jordán y La Península, de la misma cañada, se prostituyen ahí mujeres que llegan de otros lugares y ahora también algunas que viven en las rancherías más próximas, como el Nuevo Poblado San Jacinto, de donde son por lo menos siete de las jóvenes indígenas que se prostituyen en El Jordán; la comunidad de Santo Tomás, en el ejido de Avellanal, por su parte, acordó a principios del año pasado enviar a la cabecera municipal de Ocosingo a tres o cuatro jóvenes de catorce a quince años que se hicieron prostitutas con los soldados, para que otras muchachas de la misma edad no siguieran su ejemplo.

Durante más de cuatro años, desde febrero de 1995 hasta la fecha, la presencia militar ha propiciado un nivel de alcoholismo alarmante en algunas comunidades, además del que se desarrolla desde siempre en las cabeceras municipales, donde los campesinos beben cerveza y aguardiente de caña en plena calle, pero, generalmente desnutridos, no necesitan demasiado para emborracharse; en las comunidades donde los zapatistas acordaban con otros pobladores meter a la cárcel o multar a quienes introdujeran alcohol para vender o consumir, ahora esta prohibición es prácticamente imposible, pues los soldados escoltan a quienes transportan la bebida o la transportan ellos mismos en sus vehículos, para que los retenes civiles que instalan a veces las organizaciones independientes no la decomisen o al menos impidan su entrada; ya en las comunidades, los militares protegen a quienes venden la cerveza y el aguardiente de caña, les compran y también se emborrachan.

El alcoholismo que, junto con la prostitución, ha llevado la presencia militar a la selva y otras regiones indígenas, les afecta especialmente a las mujeres porque los hombres que se emborrachan las golpean y dejan de trabajar durante varios días y hasta semanas a veces, descuidan a sus hijos y les dan un mal ejemplo; de ahí que haya sido sobre todo una demanda femenina la prohibición absoluta del alcohol en algunas comunidades antes de la ocupación militar y que después fuera muchas veces por iniciativa de las mujeres la instalación de retenes civiles en algunas entradas para decomisar la bebida.

Por el alcoholismo hay asaltos en los caminos y robos en las casas, hay pleitos entre las comunidades y divisiones internas, "se pelean esposos y esposas, porque el ejército deja pasar el trago y la cerveza", lo cual ocurre también en las comunidades zapatistas, "pero nosotros siempre buscamos la forma de detenerlo, porque nos está dividiendo y es un mal ejemplo para los niños, que antes estaban más o menos controlados por los padres de familia, pero con el ejército a los que toman ya no les importan sus hijos".

"Los soldados tienen la mala idea de que la gente se trastorne con el alcohol y nos dividamos", dijo una delegada; "a los priistas, como están al lado del gobierno, les dan malos entendimientos de lo que pensamos hacer para que estén en contra de nosotros, aunque seamos pobres iguales; les pagan por parte del gobierno para que nos estén vigilando siempre, porque a veces ellos no se dan cuenta cuando salimos a dónde vamos, los priistas de nuestro alrededor llegan con el ejército a informarlo y el ejército cuida entonces en qué comunidades tales personas salen más seguido; los priistas se avientan luego sobre de nosotros, que por qué estamos en contra del gobierno, que por qué estamos regañando a los soldados, si ellos están para su bienestar, solamente nosotros no lo aceptamos, pero es un cuidado para ellos que esté ahí el ejército, dicen los priistas; así están por el poquito de despensa que les dan, un kilo de azúcar, un kilo de maseca, con eso se conforman y apoyan más al gobierno; el ejército los ha preparado para que así sean y que no demuestre que pelea con nosotros, que peliemos entre nosotros mismos como campesinos que somos".

"Queremos que se retire el ejército de las comunidades porque nos hace mucho daño, queremos que salga porque no estamos acostumbrados a vivir entre soldados, ellos tienen sus cuarteles en las ciudades, Chiapas no es un campamento, las policías y las guardias blancas tampoco nos gusta que estén ahí, queremos ser libres y que no nos estén presionando", parece haber sido el consenso entre los entrevistados.


Revista Fem, No. 194, mayo de 1999.



Pedro Valtierra, Yalchiptic, Altamirano. Enero de 1998